LA ORACION Y LA ESPIRITUALIDAD DE LA COMUNIÓN

HACIA EL JUBILEO 2025 | LA ORACION Y LA ESPIRITUALIDAD DE LA COMUNIÓN.

Hace 23 años su Santidad San Juan Pablo II, en el marco del inicio del nuevo milenio, da a la Iglesia una Carta Apostólica, que debiera ser el parte aguas para todo católico dispuesto a ser testigo de Jesús en el Mundo. Nos da las directrices que no podemos hacer de lado y nos recuerda que tenemos un gran trabajo por delante: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión”.

Este es el gran desafío que tenemos ante nosotros para este milenio, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo.

¿Qué significa todo esto en concreto?

Hacer un reflexión, que podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.

Espiritualidad de la comunión significa, ante todo, una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

Tenemos que conocer con claridad cuál es el objetivo puntual, que no es otro que el corazón mismo de la Trinidad: es un proyecto divino de comunión.

Unidad en la diversidad

Partimos de la creación, es decir, del momento en que Dios Padre decide crear el mundo y al hombre en él. En este su proyecto creativo ya estaba presente la comunión, la unidad: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén 2, 18), y por eso le puso una compañía.

San Agustín, en su libro Ciudad de Dios, comenta: “Dios decidió la creación de género humano a partir de un solo hombre para inculcarle cuán grata le es la unidad de los muchos…” (ciu. 12, 22).

Dios nos ha inculcado lo agradable que es vivir en unidad o en comunión; es más, el Padre creó al hombre para asociarlo a su comunión divina. Mas este proyecto de unidad se vio truncado por el pecado; pero, a pesar de él, Dios nos ha llamado, por su gracia, a la adopción, a ser un pueblo de hijos, en el que todos somos hermanos.

Si queremos reconocer a Dios como Padre, el primer paso consiste en sentir a los otros, a los que nos rodean, como hermanos; si no los recocemos como tales, estamos muy distantes del plan de Dios.

Cabe destacar en este momento que un significado y una base primordial de la espiritualidad de comunión es la de tener esa capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico de Cristo.

Ser parte del pueblo de Dios está muy unido a la comunión (unidad). Como dice san Agustín: “Si hay unidad, hay pueblo, sin ella, lo que existe es una turbamulta (Multitud confusa y desordenada.)” (s. 103, 4). Podríamos afirmar que el objetivo de la creación del género humano se cifra en la unidad del hombre, una unidad expuesta a los vaivenes de nuestras rupturas y de nuestras reconciliaciones.

La unidad comunitaria en el Hijo del Padre.

Con respecto al Hijo de Dios, en vista de que esa unidad se rompió por decisiones humanas, Dios quiere recuperarla sobre una nueva base, que es su Hijo, quien, además de ser hombre, es Dios:

La común filiación divina pasará a ser vínculo que funde la nueva comunión entre los hombres. Esta comunión, aunque se ajusta a la naturaleza del hombre, no será ya fruto de la naturaleza –de la creación–, sino de la gracia –de la recreación–; antes que logro humano, será don de Dios; antes que un hecho moral, será un hecho teológico. La iniciativa es divina, la realización también divina. Pero el hombre tiene también su tarea: aceptar la oferta que se le hace (P. de Luis Vizcaíno, Teología espiritual de la Regla de san Agustín, Ciudad Nueva, Madrid 2013, 15).

La Constitución Pastoral Gaudium et Spes nos recuerda que Jesús, el Hijo de Dios, es el nuevo Adán: si por culpa de Adán se ha roto la unidad, gracias al Hijo de Dios, el nuevo Adán, se ha recuperado. “En realidad, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22).

Nosotros, los cristianos que hemos sido seducidos por Jesús y lo seguimos, tenemos que ser imagen de Jesús y, siendo su imagen y semejanza, comprenderemos más profundamente nuestra espiritualidad como Cristianos auténticos.

Los Cristianos que somos atraídos por la belleza de Jesús, como dice el Salmista, “Eres el más bello de los hombres” (Sal 45, 2), debemos caminan junto a Él, para entregar la propia vida por él, como él, sin reserva, con el fin de ser ese reflejo y memoria viva del mismo Hijo de dios.

Esto permitirá generar espacios de unidad en el Hijo y con el Hijo, porque sabemos que el único que nos une es el Hijo, y solo por él tenemos que ir a los hermanos.

Cuando Jesús está en medio de nosotros, es el motor y motivo de nuestra fraternidad. Se produce gozo y alegría en las comunidades y se hacen vida las palabras del salmista: “Ved qué dulzura y qué delicia convivir los hermanos unidos” (Sal 132, 1). Es esa dulzura de sentirse hijos en el Hijo y hermanos de cada uno de los que forman la comunidad.

En cambio, cuando Jesús está ausente de nuestras comunidades, perdemos el sentido de nuestra vida comunitaria y, además, nuestros hermanos pueden morir, como sucedió en el hogar-comunidad de Betania, donde Marta le atribuye a la ausencia de Jesús la muerte de Lázaro: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 11, 20).

En nuestras comunidades, si no está Jesús, a nuestros hermanos les puede pasar como a Lázaro. ¡Ojalá nunca saquemos a Jesús de ellas!

Oremos:

«Dios, concédenos la paciencia para trabajar juntos, reúnenos a todos como una familia. Que trabajemos juntos con comprensión y compasión en nuestros corazones. No seamos groseros, ni arrogantes unos con otros, mientras iluminamos el camino hacia tu reino celestial.  Señor, tú eres la fuente de nuestra sabiduría. Te pedimos sabiduría y coraje para obrar con justicia y para enderezar aquello que está errado en nuestro mundo».

Amen

(L.C. Héctor García | CODIPAC Chilpancingo-Chilapa)